Testigo fiel
Por: Jesús Torres
Villahermosa, más allá de la percepción
La más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI volvió a colocar a Villahermosa entre las ciudades con mayor percepción de inseguridad del país, sin embargo, ese resultado no debe confundirse con un indicador de la incidencia delictiva.
La ENSU no contabiliza homicidios, robos ni secuestros denunciados, lo que mide es la percepción ciudadana, es decir, el sentimiento de inseguridad.
Ese dato es importante porque el miedo modifica conductas, altera hábitos de consumo, inhibe la inversión y deteriora la convivencia social y nadie debería minimizarlo.
No obstante, el problema aparece cuando la percepción se presenta como si fuera, por sí sola, la prueba irrefutable de que la delincuencia se ha disparado.
Y ahí está el detalle, la misma encuesta revela que mientras el 84.2 por ciento de los habitantes de Villahermosa se sienten inseguros, únicamente el 30 por ciento de los hogares reportó haber sido víctima de robo, extorsión o fraude durante el periodo analizado.
Esa cifra, incluso, se ubica ligeramente por debajo del promedio nacional, que fue del 31 por ciento.
Además, aunque tres de cada diez hogares afectados por algún delito no deja de llamar la atención, sí demuestra que existe una diferencia importante entre el miedo y la experiencia directa de victimización.
Hay otro dato que arroja la ENSU y que ha pasado inadvertido al conocerse que los conflictos entre ciudadanos disminuyeron once puntos porcentuales respecto al trimestre anterior y con el que Villahermosa quedó por debajo de la media nacional en ese indicador.
¿Entonces por qué la percepción continúa creciendo? Si observamos las redes sociales, estas amplifican cualquier hecho violento hasta convertirlo en tendencia incluso nacional.
Los medios formales de comunicación también concentran buena parte de su cobertura en los acontecimientos de mayor impacto. Y, por supuesto, influye el discurso político de los opositores al régimen.
Cuando todos los días se repite que el estado vive un «baño de sangre» o un hecho aislado se presenta como evidencia de un colapso absoluto en materia de seguridad, se construye un clima de miedo que termina influyendo en la percepción colectiva.
Algo similar ocurre en lo económico cuando los críticos del gobierno han hecho creer la idea de que en Tabasco no existe inversión, que el comercio está paralizado y que la actividad económica se encuentra en caída libre.
Sin embargo, las cifras del propio INEGI muestran un panorama distinto.
El sector privado acumuló cinco meses consecutivos de crecimiento y en mayo registró un incremento anual de 1.8 por ciento, incluso por encima del promedio nacional.
En tanto, el comercio mayorista también encadenó cinco meses de expansión y creció ocho por ciento durante el mismo periodo.
La recuperación sigue siendo gradual y negar que existan señales positivas resulta tan poco serio como afirmar que todos los problemas están resueltos.
Tabasco enfrenta desafíos importantes en materia de seguridad, empleo e inversión heredados por administraciones pasadas, pero en nada ayuda construir una narrativa donde todo es fracaso y un desastre permanente.
Los gobiernos deben ser evaluados sin la menor duda, pero también sin deformar la realidad para obtener ventajas políticas.







