Testigo fiel
Por: Jesús Torres
Adán Augusto: la caída controlada
Por años, Adán Augusto López Hernández fue uno de los hombres más poderosos de Morena. Gobernador, secretario de Gobernación, operador de confianza de López Obrador y, hasta ayer, coordinador de la bancada morenista en el Senado. Pero en política, el poder no se pierde de golpe, se administra la caída. Y eso es exactamente lo que estamos viendo.
El anuncio de su salida de la coordinación del Senado no puede leerse como un simple “reacomodo” ni como un gesto voluntario de generosidad partidista.
La narrativa oficial, que se va a hacer trabajo político rumbo a 2027, suena más a explicación obligada que a decisión estratégica de tipo electoral.
Lo cierto es que Adán Augusto llega a este punto profundamente desgastado. No por derrotas electorales ni por falta de operadores, sino por algo mucho más delicado, la sombra del escándalo.
Su relación con Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad en Tabasco y hoy señalado como líder del grupo criminal La Barredora, se convirtió en un pasivo político imposible de ignorar que lo fue carcomiendo.
En un gobierno que se dice comprometido con la lucha contra el crimen organizado, el solo hecho de que uno de los principales cuadros de Morena esté vinculado, aunque sea políticamente, a un personaje de ese calibre, resulta incompatible con la narrativa oficial de la Cuarta Transformación, ahora bajo el mando de Claudia Sheinbaum.
Formalmente, Adán Augusto no fue destituido. Nadie lo empujó al vacío. Pero tampoco se quedó donde estaba. Y en política, cuando alguien “decide irse” justo cuando los costos comienzan a ser mayores que los beneficios, estamos ante una salida negociada.
¿Se lo quitó de encima la presidenta? Probablemente no de forma abrupta, pero sí de manera quirúrgicamente política.
Sheinbaum necesita un Senado alineado, disciplinado y sin flancos abiertos. La coordinación parlamentaria no es un espacio menor, es el centro del poder legislativo. Mantener ahí a un personaje bajo constante cuestionamiento habría sido un error estratégico.
El relevo por Ignacio Mier no es casual. Representa una figura menos contaminada, más institucional y funcional para el nuevo equilibrio interno del partido. Morena está entrando en una etapa distinta, ya no es el movimiento insurgente, sino el partido en el poder que debe administrar costos, no sólo lealtades.
La salida de Adán Augusto envía pues un mensaje claro a las élites morenistas,
nadie es indispensable, y los escándalos, aunque vengan del pasado, sí cobran factura.
No estamos ante un destierro político, léase una embajada como incluso aquí en Testigo fiel se había anticipado. Seguirá como senador, conservará estructura y seguramente operará en territorios clave rumbo a 2027. Pero su rol cambia radicalmente, pasa de ser jefe a ser operador, de figura central a activo utilitario.
En resumidas cuentas, la salida de Adán Augusto no es una anécdota ni un movimiento menor. Es la confirmación de que la era Sheinbaum empieza a reordenar el poder interno, a marcar distancias y a limpiar, al menos en apariencia, las zonas más oscuras del obradorismo duro.
No es una purga. Es algo más sofisticado, una caída controlada, sin estridencias, pero con un mensaje claro. En Morena, el poder sigue, pero ya no es para todos.






