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Las reglas del juego en Morena

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Testigo fiel
Por: Jesús Torres
Las reglas del juego en Morena

El Consejo Nacional de Morena aprobó en días pasados el calendario y las reglas para seleccionar a sus candidaturas rumbo a las elecciones de 2027 y más que un ejercicio de apertura democrática, lo presentado confirma una práctica ya conocida, un proceso centralizado, controlado y revestido de legitimidad a través de encuestas.

Así las cosas, el próximo 22 de junio arrancará la definición de las llamadas “coordinaciones territoriales”, figuras que, en los hechos, se convertirán posteriormente en candidaturas formales.

Después vendrán las designaciones distritales federales el 3 de agosto, las municipales el 21 de septiembre y las locales el 8 de noviembre. Todo perfectamente calendarizado.

Pero detrás de esta estructura salta de botepronto la obligada pregunta de si se trata de un proceso democrático o de una simulación bien organizada.

Y es que el método de las encuestas es un mecanismo que, en el discurso, mide la aceptación ciudadana, la cercanía con la gente y la honestidad de los aspirantes, aunque en la práctica se ha convertido en una herramienta opaca, difícil de auditar y, sobre todo, profundamente cuestionada incluso por quienes han participado en ella.

El procedimiento de cuatro etapas que consta de convocatoria, filtro, encuesta y selección, parece diseñado para garantizar orden. Pero también permite un amplio margen de maniobra para decidir quién entra y quién no a la fase final.

El “filtro” previo, que reduce a seis aspirantes por posición, ya marca una primera línea de control político. Después, la encuesta define lo que muchas veces ya está decidido.

No es casualidad que en procesos anteriores este método haya generado inconformidades internas, acusaciones de imposición y rupturas que han terminado beneficiando a la oposición.

Aun así, Morena apuesta por repetir la fórmula, confiando en que su capital político siga siendo suficiente para contener el desgaste.

Otro punto que llama la atención es el catálogo de prohibiciones impuesto a los aspirantes. En el papel, suena impecable, nada de espectaculares, nada de dádivas, nada de uso de recursos públicos ni campañas de desprestigio. Una lista que, de cumplirse, elevaría el nivel de la competencia interna.

El problema es que estas reglas conviven con una realidad distinta. En política y Morena no es la excepción, los posicionamientos anticipados, la promoción disfrazada y el uso de estructuras gubernamentales han sido prácticas recurrentes. La diferencia, esta vez, es que el partido intenta regularlas sin necesariamente demostrar que tiene la capacidad o la voluntad de sancionarlas de manera efectiva.

Además, la figura de las “coordinaciones de defensa de la transformación” vuelve a aparecer como un eufemismo funcional. No son candidaturas, pero lo serán. No hacen campaña, pero recorren el territorio. No compiten oficialmente, pero se posicionan como si ya estuvieran en la boleta. Es, en esencia, una precampaña con otro nombre.

La Comisión Nacional de Elecciones tendrá la tarea de validar perfiles y revisar trayectorias. Sin embargo, su papel también ha sido cuestionado en el pasado por su cercanía con la dirigencia nacional y la falta de transparencia en sus decisiones.

Así, Morena llega al proceso de 2027 con un modelo que privilegia el control sobre la competencia abierta. Un modelo que le ha funcionado para mantener cohesión interna, pero que también ha sembrado dudas sobre la autenticidad de sus procesos democráticos.

La verdadera prueba no será el cumplimiento del calendario ni la aplicación de encuestas. Será la capacidad del partido para demostrar que sus decisiones responden realmente a la voluntad de la ciudadanía y no a acuerdos cupulares.